domingo, 18 de enero de 2015

DÍA Y NOCHE




DÍA Y NOCHE

   Antes de salir de casa, quiero presentarte hoy la lengua de mis escaleras, (no les gustaría como título a mis asesores literarios e informáticos) siempre a la espera de la luz cada mañana. Fíjate en la imagen. ¡Ay si mis antiguos alumnos me leyeran! Espero que al menos mis niños de hoy se asomen desde su ventana a la foto -¡y a la reflexión!- que a vosotros os propongo.
   La lengua de mis escaleras es políglota. Desde la Avenida –omito su nombre en esta ocasión dando margen a tu gozo en su descubrimiento- apenas traspasar la cancela de la misma podemos contemplar una imagen políglota (volvemos a la “lengua”): una esbelta y alta, otra umbrosa y gris, y una tercera en rampa, que también es ascensión…
   Guardemos el pudor y la distancia. Iluminada ya nuestra imagen por este azul privilegiado de nuestra ciudad (no le gusta a un hermano mío el título honorífico que se le ha atribuido a nuestra ciudad “Segovia, luz del mundo”), contemplemos sus contrastes. Su entrada principal, -acceso directo a la iglesia- es sosegada, amplia, lenta y clara. Su contraste de oscuridad y luz -juegos de mañana- da elocuencia y sentido a la intención de cada persona que se acerca a este ámbito de encuentro, de oración y silencio.
   Quiero suponer que nuestros siervos –pies sumisos, callados- agradecen el fervor de la mañana para su encuentro oracional con el Señor… Esta es belleza de la fe: luces y sombras, claridad a la vez que incertidumbre. ¡Al menos en el sentir común de muchos mártires. ¡Cuántos unamunos, cuántos agustines, cuántos sanpablos andamos peregrinmos, errantes por este modo de vida que Dios nos ha dado! Con lo fácil que hubiera podido ser de otra manera, ¿verdad?
   Pero volvamos al atrio del templo: Ladrillo a ladrillo su discreta altura nos introduce en un espacio que exige de nosotros la condición de una mirada recatada, de un pie descalzo. Ladrillo y madera –iluminados por una media luz un poco amarillenta- nos invitan al silencio, al encuentro, a la interiorización. Luego ya cada uno se distrae a su manera. Unos callan, otros cantan, otros verbalizan su plegaria; unos disfrutan, otros escuchan, otros gimen o cantan; unos confían, otros agradecen y suspiran, esperan y lloran… “Spectaculum (fidei) facti sumus”!*  Bueno, retiremos en este caso el “spectaculum”…
   Por fin os invito a contemplar la esbeltez de su torre, una vez cumplido el deseo interior de la oración personal o el encuentro en la Eucaristía. (No, por favor, dejad ya de hablar del cumplimiento, creo yo). Si acercáramos el objetivo de nuestra cámara, observaríamos su sobria decoración en forma de “s” en la progresión lateral de su ladrillo hasta llegar a su cumbre…
   Aquí os dejo, sin hacer alusión a la dudosa corrección de la palabra “cumbrio”, que en mi pueblo aplican a la cumbre del tejado, de tan entrañable sabor en mi primera lengua, allá en la infancia.
   Amigo lector, quizás me haya excedido un poco en mis anteriores textos. Espero corregirme de aquí en adelante…
 *Nota: Creo que en latín solo se indica el signo de admiración al final de una cita o exclamación. 

domingo, 11 de enero de 2015

RECOLETA Y HUMILDE



Domingo 11-1-2015

 RECOLETA Y HUMILDE

   Querido lector: Antes de nada quiero hacerte una aclaración. A la hora de escribir procuro ser muy primario. Quiero decir inmediato. El dicho clásico de “saepe stilum vertas”  no va mucho conmigo. Me gusta el calor del momento. Lo prefiero al riesgo de la busca: la vida es inmediata pisándonos los talones en todo momento… Sentarse a escribir no debe llevar consigo la lentitud de la palabra precisa, no digamos rebuscada. El río que nos lleva necesita agilidad y fluidez si quiere evitar la lentitud y la torpeza… ¡Esta aclaración no se opone a mi consigna (imposible) de peldaño a peldaño”!  Si la vida lleva consigo cierta carga de agilidad y presteza, no seré yo quien la frene. “Escribir es vivir”, ha afirmado José Luis Sampedro  en uno de sus ensayos.
   Hechas estas aclaraciones, subamos un peldaño. La imagen que hoy os ofrezco –llevo varios días recogiendo imágenes de peldaños y escaleras de nuestra ciudad- es recoleta y humilde. Pequeña, si. Pequeña y clara. Tras superar un pequeño pasillo oscuro al pie de la calle, nos encontramos con una plazuela de sol, elocuencia y alivio del rigor de cada invierno. Digo “elocuencia”, si bien es el preámbulo de un espacio de silencio…
   Hoy se recurre con frecuencia a esta expresión “espacio de silencio”. ¡Como si el silencio fuera del género neutro! Gracias a Dios tiene su hermosa elocuencia: decoración, color, sobriedad, intención, horizonte… Mas no siempre disfrutamos en estos días –para mí siempre claros- del derecho a la verdad.
   En nuestro caso –identificados en la causa- se trata de un espacio de clausura, de acogida, de escucha, de un rincón secular franciscano. En él todas las palabras tienen luz y calor, aún siendo calladas y humildes. No fue otro el hábito de Francisco, el de Asís… Si a ello añadimos el característico olor a aligustre en su breve ascensión, espero te sitúes adecuadamente.
   ¡No! Es mi propósito el elogio del silencio o la lentitud –el tempo lento, o dicho de otra manera, “El elogio de la lentitud”-. No obstante le viene como anillo al dedo a nuestro tiempo el regalo del sosiego y la contemplación.
   Esta es hoy mi pequeña reflexión. Mi letra pequeña. Mi mirada serena ante el vértigo que con frecuencia imprimimos a nuestras crónicas, a nuestras noticias, -¡pobres hijos de la competitividad informática!-, a nuestro agresivo instinto de “ser el primero”, ese “number one” al que en otra lengua -aún por dominar- recurrimos con frecuencia… ¡Bendita la “aldea global”, aunque a veces sea tan agresiva y complicada en muchas de nuestras calles!
   Solo añado una aclaración. Aunque mi blog se titule “Al pie de las escaleras”, mi deseo hubiera sido el de la “ñ”, tan sufrida,  en vísperas de extinguirse en nuestros espacios informáticos. O sea, “Peldaño a peldaño”, quizás más llano y elocuente. ¡No debiera ser otra la condición de nuestra vida, hoy tan estresada y amenazada! Creo yo, vamos… ¡Ay, hermano, en qué oscuro anaquel se ha dormido “El elogio de la lentitud”!
Nota. Acabo de encontrarme con el título de una novela titulada “Al pie de la escalera”, de Lorrie Moore,      cuya sinopsis podéis encontrar en internet. Por supuesto, nada tiene que ver con la causa que aquí me ocupa…

lunes, 5 de enero de 2015

LA LUZ DE LA ESCALERA



-De domingo a domingo-
Julio Martín    04.01.2015

    Querido lector: Un cordial saludo. Ignoro tu graduación lectora… Humildemente          quiero aclararte que mi pretensión es  doble: exigirme a mí mismo, a la vez que comunicarme. Quien frecuente esta página quiero entender que  de alguna manera sintoniza con mi expresión y pensamiento, hecho que agradezco sinceramente. Esta misma sintonía –cercana y fiel- supone para mí una exigencia, a la vez que cierta incomodidad.
   Me presento. Sin falsa humildad, -ajena a mis sentimientos-, soy un escritor privado, que de ordinario se comunica con un círculo de lectores y oyentes dentro del campo de la docencia. Como sacerdote amplío mi letra y mi palabra en el ámbito de la fe y la celebración.
   En mi larga estancia en esta hermosa ciudad –veintitrés años de docencia, de cuentos y poemas, de silencios y plegarias- he tenido la suerte de ir creciendo muy despacio en distintas artes y contemplaciones. De ahí que recurra a la imagen de la escalera…
   Toda mi actividad  se resume en un ejercicio libre de expresión y escucha, modos de vida no siempre al alcance de otras muchas personas… Por supuesto, -sin ocultar mi condición de sacerdote-, tengo mi pequeña cátedra, espacio privilegiado para trasmitir la Palabra. No soy ningún escritor de altura, si bien desde mi condición de profesor y lector he tenido la inmensa suerte de estar en contacto con los más grandes escritores de la literatura universal.
  Situado en este primer peldaño os describo la imagen que va a acompañaros. No. No es ningún pozo claroscuro ni tampoco un pretencioso laberinto. Es probablemente una de las escaleras interiores más bellas de nuestra ciudad. En madera, sí. Se trata de una escalera sabia, hoy casi siempre oscura y silenciosa…
   Nuestra ciudad ofrece al visitante –y sobre todo a sus vecinos y residentes- un sinnúmero de vistas y rincones maravillosos. En este caso nos quedamos en este aparente juego, pozo de claridades y silencios interiores… No es mi propósito desvelar su lugar. Sí regalar al lector semejante ascensor de barandillas y peldaños, juego casual de quien ideó tan bello rincón ensalzando a su vez el profundo sentido del esfuerzo y de la ascética…
Reiterando mis mejores deseos para ti, querido lector, asiento mi palabra en este primer descansillo, preludio de un duradero encuentro en este Nuevo Año 2015. ¡Nos vemos!