MI MAGNOLIO PREFERIDO
8 - 2- 2015
Hoy inicio estas líneas con una aclaración.
No es mi mayor don el uso adecuado de la puntuación. Ignoro sus últimas reglas.
En muchas ocasiones dudo. Mas bien
recordáis el dicho latino “in dubio,
libertas”. Abierto pues el camino del respeto y acatamiento de sus normas,
prosigo con la descripción y el mensaje de esta imagen dentro de mi leve
torpeza.
Sí. Son doce hojas. Doce hojas y algún
brote. Se trata de un ramillete de hojas de magnolio -uno de los árboles más
admirados por mí- cuyo permiso conseguí al contemplar su belleza. Dicho
ramillete vive a mi lado velando mis vigilias y pensamientos, adornando las
fotos más entrañables de mis queridos ausentes. Su padre goza de muy buena salud aún hallándose en un
espacio impropio. Lo planté hace unos quince años. Hoy está ya alto, un poco
encogido por la estrechez, mas alto y alegre al verse libre y besado por el
cielo.
Naturalmente os lo describo desde el
pie de las escaleras que ascienden hacia la iglesia… A su lado oculta y
fría duerme una cruz. A sus pies una pequeña alfombra, un suelo muelle de hojas
secas brillantes y… ¡cómo no! un pequeño pañuelo de violetas. Completando el
rincón, algunos lirios que terminaron muertos, un ascético laurel y un madroño gordete y limpio.
Todas las mañanas, apenas llegar a su pie,
me acaricia y me sonríe silenciosamente. Él es sencillo, humilde, sin apenas
más ornamento que sus hojas fuertes y brillantes. Se pasa el día callado,
rezando, soportando fríos y veranos sin pedir riegos ni asperjes. ¡Debe tener
unas raíces muy profundas tras haber superado la adversidad de su primer subsuelo!
Podría haber sido muy bien más corpulento y fuerte, mas ha elegido la paz y una
plegaria breve y alta.
Perdón, magnolio. Sé que tienes demasiado
granito cerca: losas en el rellano, más doce peldaños muy pendientes, tejas que
casi hieren tus ramitas nuevas, unas matas agrias de salvia agreste, un arbusto
viejo de piracanto… Y -¡cómo no!- la voz y el beso de los niños, de mil
adultos, ancianos y adolescentes que cantan, rezan y crecen contigo estimulados
y agradecidos.
Llegados casi al final… ¿qué decir de sus
ampulosas flores blancas? Sí, son muy caducas, mas tras secarse en el suelo su
color marrón y sus retorcimientos nos proporcionan una belleza incomparable. Yo
las recojo al final del verano y las guardo en una bombilla de cristal transparente
agradeciendo su color y su nobleza. Cabría añadir la conclusión de su ciclo
anual haciendo alusión a sus frutos en forma de piña, con esa gracia granulada
de color rojo que termina al fin seca en el suelo…
¡Descanse en paz de su esplendor y sus fatigas!
¡Ojalá un mirlo elija su copa para anidar en él! Sería muy afortunado…

No hay comentarios:
Publicar un comentario